Santa Teresa, apóstol eficaz de san José
P. Teófanes Egido
La Madre Teresa no se redujo a escribir cosas tan hermosas e inauditas de su Santo. Le rezaba, le pedía favores cada año en su fiesta: "Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa y siempre la veo cumplida". Publicaba con la palabra por doquier las excelencias de esta devoción a san José, tan presente en su experiencia mística y en su aventura fundacional.
Se hallaba embarcada en el proyecto del convento de san José de Ávila, entre algún que otro desaliento, y estando en la iglesia de los dominicos el día de la Asunción (de 1562), tuvo aquel arrobamiento animoso y que ha sido interpretado por la iconografía barroca con singular belleza: "Parecióme, estando así, que me veía vestir una ropa de mucha blancura y claridad. Y al principio no veía quién me la vestía; después vi a nuestra Señora hacia el lado derecho, y a mi padre san José al izquierdo, que me vestían aquella ropa. Díjome ( Nuestra Señora) que la daba mucho contento en servir al glorioso san José, que creyese que lo que pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho el Señor y ellos dos; que no temiese habría quiebra en esto jamás, aunque la obediencia que daba no fuese a mi gusto, porque ellos nos guardarían; y que ya su Hijo nos había prometido andar con nosotras, que para señal que sería esto verdad me daba aquella joya. Parecíame haberme echado al cuello un collar de oro muy hermoso, asida una cruz a él de mucho valor" (Vida, 33,14).
La forma de guardar la casa también había sido manifestado a la Madre Teresa en otra experiencia similar y por los mismos días: "Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras" (Vida 32, 11).
No es preciso recordar cómo respondió la Madre Teresa a estas promesas y seguridades. Su convento de San José en Ávila fue el primer monasterio que se erigía en la cristiandad con el Santo por titular. Este hecho tiene que ser valorado en su significado. Ella misma era consciente de la novedad que suponía esta fundación en Ávila: "otra iglesia más en este lugar de mi padre glorioso san José, que no la había" (Vida 36, 6). Cuando, contra sus previsiones iniciales, pero de acuerdo con exigencias eclesiales, emprendió la expansión de su reforma, se multiplicaron los conventos e iglesias dedicados a san José, al que tenía por fundador de su orden.
Los conventos teresianos salieron a Europa, saltaron a las Indias y a otras misiones, y con ellos iba la devoción al Santo. Sus frailes, además, predicaban a san José, y escribían libros para quienes podían leer, como hizo el mejor discípulo de san Teresa, el padre Jerónimo Gracián (por citar al más agregio de los autores) con su "Tratado de las excelencias del Santo" (Roma, 1597), la "Josefina" que se imprimiría incesantemente. Aunque, hablando de libros, ninguna propaganda tan eficiente como la leída y releída en los de la Madre Teresa.
Un signo de lo que supuso santa Teresa en la penetración y eclosión de la devoción josefina en la piedad popular puede verse en la evolución de la antroponimia: concretamente en España, hasta finales del siglo XVI no aparecen criaturas bautizadas con el nombre de José. A partir del XVII, es decir, a medida que se fueron conociendo la vida y los escritos de la Santa, no sólo hace acto de presencia sino que inicia un crecimiento que ya no cesará hasta convertirse, desde entonces hasta ahora, el de José en el más frecuente de los nombres.